Anuncios y desmentidas

Ahora resulta que sabemos el nombre del jefe del ejército. Como lo sabíamos durante la dictadura militar, cuando estábamos pendientes de los movimientos militares. Tanto, que no bien se producían los ascensos en el ejército los analizábamos minuciosamente. Se trataba de ver quién era un halcón, quién un moderado, qué ala se imponía sobre la otra, como venía la mano. Quién era más asesino, quién era más político. Las elecciones –durante esos años sombríos- eran ésas: los ascensos en las fuerzas armadas. De aquí que nos supiéramos los nombres de los poderosos militares, dueños de vidas y haciendas. Después, con la democracia, los fuimos olvidando. Durante estos días los teníamos totalmente olvidados. Algo que lamentó el periodista del establishment, Joaquín Morales Solá. Antes, dijo, el jefe del ejército era un gran caudillo político, ahora nadie sabe cómo se llama. Bien, esto es vivir en una democracia parlamentaria. Que nadie sepa cómo se llama el jefe del ejército.

Durante la dictadura cívico-militar las hipótesis sobre un ala más blanda que la otra tampoco servían. Todas las alas eran duras, todas criminales. Resultaba absurdo creer que el general X era preferible al general M. Si algo así se creía era para serenarse o profundizar –aún más- la paranoia con que se vivían esos tiempos oscuros. Hoy, luego de llevar un largo tiempo ignorándolo, volvemos a saber quién es el jefe del ejército. Sucede que un buen general ha salido a decir que no habrá golpe de estado. Es –más exactamente- el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Juan Martín Paleo. Lo hizo a raíz de unas declaraciones hoy ya célebres del político y ex presidente Eduardo Duhalde. De acuerdo, el hombre se equivocó, metió la pata, lo que se quiera. Pero, por él, el ejército se hace presente en la discursividad del país. Nunca ha sido bueno que eso ocurriera.
Durante el gobierno de Isabel Martínez –esa presidenta que nos legó Perón y le hizo un gran daño al país- llegó a jefe del ejército un general democrático, profesionalista. Era Alberto Numa Laplane. Recuerdo de él una frase memorable: “Se acabaron los tiempos en que el cargo supremo de la carrera militar era el de presidente de la república”. Qué bien, qué sensato, qué alivio. Duró muy poco. Lo reemplazó el hípergolpista Jorge Rafael Videla. Curiosamente, la frase de Numa Laplane presagiaba el clima y la inminencia del golpe. Sí, los militares creían que el mayor puesto de la carrera militar era el de presidente de la república. Sobre todo cuando la patria lo reclamaba, algo que siempre decidieron ellos y sus compinches civiles. De aquí el mal que la frase de Eduardo Duhalde le ha hecho al país. Es decir, la necesidad de visibilizar al ejército en la vida política. Cuando un militar sale a negar un golpe algo malo le está pasando a la democracia. Y, en efecto, así es.

La frase de Duhalde levantó una polvareda acaso excesiva. Pero comprensible. Hay un mal clima en el país. Se intenta deteriorar al gobierno elegido por el voto popular. Las manifestaciones anticuarentena son violentas y antidemocráticas. Los carteles que portan son agresivos, insultantes. Atacan al periodismo. Luego, los periodistas atacados se enojan con el presidente porque no los defendió. Hay una oposición guerrera y un periodismo de guerra. El poder mediático busca la caída del gobierno. Lo sabemos: no es precisamente una novedad. La novedad –y mala- es que los medios que defienden el orden consitucional se han vuelto repetitivos. Se dice (atacando a C5N) que el Gato Sylvestre se repite, que Víctor Hugo se la pasa criticando a aquéllos con los que tiene un problema personal, que Duggan no deja hablar a nadie. No sé si esto es acertado o no. Creo que no. Pero algo de verdad late en esos juicios malhumorados. Creo, sí, que habría que darles menos pantalla a los anticuarentena. Bastante los agrandan los medios clásicos, como les dice Alberto. Pero los que apoyan el orden constitucional son minoritarios y por supuesto bienvenidos. El escándalo destituyente es el de los medios del poder. Que, además, dirigen a la oposición y colonizan la frágil subjetividad de los ciudadanos abiertos a ser colonizados y a generar furia, odio. La oposición política es belicosa. Ha establecido la dualidad de guerra amigo-enemigo. El enemigo es el peronismo. Y tiene una cara visible, la de Cristina Fernández, a quien atacan, insultan y amenazan de muerte. Se oponen, además, a todas y cada una de las medidas de gobierno.

El “amigo” Larreta está en una encerrona. Por congraciarse con el PRO –partido al que pertenece- flexibilizó exageradamente la cuarentena. Ahora tiene una macabra cantidad de infectados y muertos, demasiados muertos. Permite las manifestaciones fascistoides de los anticuarentena, a la que asisten notorios neonazis del país. ¡La policía se cuadra y saluda a Patricia Bullrich! Se comprende: ella les validó el mecanismo aborrecible de balear por la espalda. Pero el hecho es grave y por demás preocupante. Saludan manifestando su acuerdo con esa ex ministra amiga de la violencia, que le extendió su mano a un (sin más) asesino, que está donde está porque quiere destituir a un gobierno. Que le dio aires de poder y de impunidad a esa policía que ahora hizo desaparecer a Facundo Castro, en un acto aberrante de estos tiempos.

El otro problema que encierra a Larreta es que todavía la juega de ángel de la democracia, del diálogo y la prolija comprensión. Sin embargo, cada vez se le hace más difícil. Está en lo que se da en llamar el “sector peronoide” del PRO. Pero ese sector no tiene futuro. La fuerza y la convocatoria del PRO radica en su antagonismo con los peronistas de toda clase, salvo si son como Pichettto, a quien de peronista nada le queda. De aquí que el ambicioso “Guasón” (quiere ser presidente, qué duda cabe) ya se ha mostrado sin las incómodas figuras de Fernández y Kiciloff, aunque se haya tomado una foto con ellos. Pero esa foto vale tanto como una desmentida militar. Augura un quiebre cercano.

La libertad y la pandemia

El mundo está mal, el país está mal, todo está mal. Quienes creían que la pandemia habría de mejorar la condición humana deberán tragarse sus dichos. El filósofo rocker Slavoj Zizek salió tempranamente a pintar un futuro venturoso. El coronavirus nos llevará –dijo- a una sociedad más justa, más equilibrada. Asistiremos al nacimiento de un comunismo bueno, mejor que los del siglo XX. Esto era, sin más, una revolución. Le contestó el coreano del sur que vive convenientemente en Alemania diciendo que ningún virus hará de este planeta un lugar más equitativo, justo. En suma, no hay pandemia revolucionaria. La revolución, si la hay, la harán los sujetos libres, pasionalmente comprometidos en la lucha por cambiar la historia. Vaya uno a saber cuándo, ya que lo que se ve es un crecimiento de las lacras más indeseables de los seres que habitan este estragado planeta.

Da bronca, indigna la convocatoria a una marcha “por la libertad” y “por San Martín” el lunes 17 de agosto. La exige el PRO por medio de su jefa, la ex ministra de seguridad Patricia Bullrich, y el actor Luis Brandoni, que grabó un video en el que termina derramando unas lágrimas, se supone, patrióticas. Apena pensar que de joven interpretó al heroico gallego Soto en el gran film “La Patagonia rebelde”. Pero el tiempo pasa y muchos envejecen ladeándose hacia la derecha. A ellos se suman muchos, acaso demasiados. Pero apelan al cansancio de la gente que vive la cuarentena. Pichetto tiene razón cuando dice que la cuarentena es un “embole”. ¿Qué otra cosa podría ser? Pero mayor “embole” es enfermarse y contagiar a los demás. Como sea, la cosa no sucede sólo aquí. En Alemania ya hubo manifestaciones anticuarentena de considerable magnitud. Las hicieron los neonazis, los fanáticos anti-inmigración, los racistas de todo pelaje. Carrió dice que Alberto y Cristina son fascistas. Pero ella y los suyos tienen su espejo en los violentos neonazis alemanes. Y no es casualidad. Los contra-cuarentena no desconocen que salen a la calle en busca de la muerte. Pero el odio que los constituye es más fuerte que el miedo a morir o a enfermarse malamente. No piensan en eso. Sólo piensan en destituir, erosionar al gobierno de Alberto Fernández. Buscan alterar el orden institucional de la república que reclaman defender. ¿Los neonazis son la democracia? Claro que no. Ellos, los de aquí, tampoco.

América Latina atraviesa una mala coyuntura. Bolivia es una bomba fascistoide lista para estallar otra vez. Jeannine Añez es el colmo de la ilegalidad y posiblemente postergue o anule las elecciones con apoyo de los militares golpistas. O acaso los militares se hagan cargo directamente de gobernar a nuestro hermano y desdichado país. El resto del continente también hace agua. Hay que desear que Trump pierda las elecciones y eso evitará –esperemos- el bloqueo o el ataque directo a Venezuela. Un país bloqueado por todo el mundo, arrinconado, saqueado incluso, ya que se apropian de sus riquezas en el exterior. La mala coyuntura de América Latina fortalece a los destituyentes de nuestro país. Porque es la derecha anticonstitucional, golpista, la que agrede en nuestro continente. Curiosamente, con gran cinismo, lo hacen en nombre de la libertad y la democracia. Siempre me gusta citar a un poeta popular de los primeros años del peronismo. Escribía en estilo gauchesco. Y sabía con mucha precisión qué decir sobre la “libertad” que proclaman encarnar los poderosos: “¡Libertá! Si habrán hablado della/ en tiempos pasados/ ganando las elecciones a garrotazo pelao/ Libertá de andar tirao/ sin techo, pan ni trabajo/ esa era pa los de abajo/ la libertá del pasao”.

Lo hacen, también, invocando a San Martín. Y citan la famosa orden del 19 de julio de 2019. Se las debe haber dictado la ex militante de la izquierda peronista devenida en neoliberal represiva que la conoce bien, porque fue esa militancia la que la asumió hacia fines de los ’60. Bullrich les debe haber dicho: “Hay una ‘Orden’ genial de San Martín que habla de la libertad”. ¡Si la habrá vociferado en los actos fervorosos de la juventud peronista! La frase de San Martín dice: “Seamos libres, que lo demás no importa nada”. Y habla de los sacrificios que exige la lucha por la libertad. Si es necesario “andaremos en pelota como nuestros compadres los indios”. San Martín reclamaba cualquier sacrificio por la lucha anticolonialista. Pero los anticuarentena no son anticolonialistas. La jefa del PRO actúa de acuerdo con la embajada norteamericana. Y su jefe ausente está disfrutando del verano en la Costa Azul. El ejército de San Martín estaba formado por hombres del pueblo, morochos aguerridos dispuestos a seguir a su jefe. Y ese jefe se había negado a volver al país para poner al Ejército Libertador al servicio del Directorio de Buenos Aires y en contra de los caudillos federales. Nunca San Martín puso a su ejército en las innobles tareas de policía interna. Se sabe lo que célebremente dijo. Dijo que jamás habría de desenvainar su sable en luchas fratricidas. Años después, le legó ese sable a Juan Manuel de Rosas por su lucha anticolonialista contra ingleses y franceses en la Vuelta de Obligado. Sucedió un 20 de noviembre y es por Cristina Kirchner que esa fecha se ha marcado en rojo en nuestro calendario. Y quienes salen imprudentemente a la calle en el pico de esta pandemia inclemente dicen hacerlo en nombre del héroe de Maipú. Son neocolonialistas monitoreados por la Embajada del patotero del Norte, el racista y peleador callejero Donald Trump. Me permitiré usar como frase final una de Axel Kiciloff: “Párenla”.

La mujer quemada

El jueves 9 de julio la Universidad de Avellaneda, bajo la inspiración del muy activo Rodolfo Hamawi, organizó un coloquio digital con cuatro representantes del campo popular, por decirlo así. Fueron Hernán Brienza, Horacio González, Alicia Castro y el autor de estas líneas. Cuando habló Alicia expresó su pena, su dolor por dos cosas: la foto del Presidente rodeado de empresarios y sólo de empresarios para honrar el 9 de julio y la macabra noticia de una mujer quemada viva en el barrio de Constitución.

Sobre la foto de Alberto F. ya se habló bastante. Se sabe que el Presidente tendrá una difícil situación económica en la pospandemia. Se sabe que va a necesitar un verdadero apoyo empresarial en tan áspera circunstancia. Se ve que lo está buscando. Si lo conseguirá o no es otra cuestión. El empresariado no le ha respondido aceptablemente hasta ahora. Respondió en tanto empresariado. La burguesía de este país no es muy adicta a los llamados de “unidad nacional”. Colaboró en el bloque histórico del primer peronismo, que prácticamente le dio vida, partida de nacimiento. Y después giró hacia donde más le gusta girar, hacia la derecha, hacia el lado del poder más concentrado. De la Sociedad Rural (estaba en la foto el presidente de esa organización político-empresarial) ya se sabe qué se puede esperar. Festejaron todos los golpes de Argentina. El dictador general Juan Carlos Onganía entró al predio… en carroza, a lo Luis XIV. Lo recibieron entre aplausos y vítores entusiastas. Lo había echado al “lento” de Illia, que no frenaría al peronismo y hasta era capaz de legalizarlo. Después, también aclamado, el matarife Videla se exhibió ahí. Y cuando fue Raúl Alfonsín lo llenaron de insultos. En un gran gesto, Alfonsín agarró un micrófono y dijo: “No creo que sean productores agrarios esos que gritan. Y que antes aclamaron a los representantes de la dictadura que vinieron aquí muy tranquilamente”. Pero sí, don Raúl: eran productores rurales. Dele usted unas cuantas hectáreas a cualquier ciudadano y el tipo ya pensará como un gran latifundista. Porque eso quiere ser. No siempre, pero casi.

Ahora salen en la foto de la fecha patria con Alberto. Pero que no les pongan retenciones. Que no les pongan un impuesto a las grandes fortunas. Que no les toquen a la delincuencial Vicentin. Hasta todavía lo tienen a Macri para defenderlos de semejantes ataques a la propiedad privada. Tenía motivos Alicia Castro para entristecerse. Pero más la entristecía la hoguera en que sacrificaron a la persona que dormía bajo el puente en Constitución. No es la primera vez que esto sucede. Pasa aquí y en el resto del mundo. Pero lo de esta mujer es ahora. En medio de la pandemia que nos iba a volver más solidarios con el otro. Hay, sin duda, seres generosos. Pero cada vez el mal se adueña más hondamente de la condición humana. La jueza que interviene en “el caso” ya determinó que se trata de una mujer. Podríamos estar en presencia de un femicidio. Se sabe que aumentaron durante la pandemia. El motivo es, sobre todo, uno: hay parejas que, por la cuarentena, se ven forzadas a convivir diariamente y durante todo el día. Nunca lo habían hecho. Ahora descubren que se aguantaban porque se veían a la mañana y a la noche. Ahora, también, descubren que se repugnan, no se toleran. El “te mataría” se vuelve real. Hay una obra de Sergio De Cecco y Armando Chulak de la que guardo un buen recuerdo. La vi por Federico Luppi y Haydée Padilla en los setenta. Después se hizo varias veces. Por ejemplo: por Soledad Silveyra y Juan Leyrado. La cosa era simple y trágica: a una pareja se le descomponía el televisor. En tanto viene el técnico (que demora hasta el final de la obra) se encuentran por primera vez solos, cara a cara sin mediaciones. Y ahí empieza “el gran deschave”. Se dicen de todo y se lo dicen todo. El derrumbe es total. Podían convivir al costo de no conocerse. El sincericidio los mata. Viene el técnico, arregla la tele y la pareja se queda silenciosa –devastada, agotada- mirando algún programa, una telenovela, Mirtha Legrand, cualquier cosa. Lo mismo pasa con la maldita pandemia. De aquí que aumenten los femicidios. Porque la víctima extrema siempre es la mujer. Sobre todo la mujer. Ya se sabe.

Pero el ser humano femenino que vivía bajo el puente no estaba en pareja y no tenía televisor. La mató un odiador serial y la mató por eso: porque era pobre, vivía en la calle y afeaba el paisaje urbano. La pandemia no le hizo nacer ni una brizna de solidaridad al asesino incendiario. Estaba tramado por el odio racial y de clase. El mismo que se fomenta abiertamente desde programas televisivos con rating. Esperemos que ese gobernador lleno de “buenas intenciones” y de apoyos democráticos que es Larreta aumente la presencia policial en Constitución. Esperemos que la policía no queme a nadie. En EEUU ya Trump manda parapoliciales (sin identificación y en coches sin chapa) para apalear y secuestrar a los que (él y los suyos) llaman “anarquistas violentos”. Entre tanto, muchos hombres y mujeres de ciencia buscan una vacuna que libre a este mundo de la covid-19. Al menos eso.

Horas difíciles

Por José Pablo Feinmann

En algunos programas de claro corte kirchnerista se han criticado –con dolor o con bronca o desesperanza- algunas frases o hechos del presidente Fernández. Descartamos por livianas, tontas o intrascendentes las frases de algún inevitablemente envejecido y devaluado ensayista que tuvo su mejor momento allá por la década del ’60, nos referimos al reaparecido Sebreli exclamando alarmado que “la democracia está en peligro porque gobierna Cristina Kirchner”. Esta pavada había dejado de decirse desde que se vio la capacidad de Alberto F. para hacer la campaña electoral y luego encarar la lucha contra la pandemia. Pero el odio hacia Cristina (el odio en general) sigue intacto y siempre conviene agitar el cuco de la Cristina autoritaria y estatista. No, lo que habría que revisar es el desencanto que se adueña de algunos periodistas que esperan el cumplimiento de ciertas cuestiones que prometió Alberto F. durante la campaña y sobre todo en su discurso de asunción. ¿Qué les pasa? ¿Olvidaron que Alberto es peronista? ¿Olvidaron que Perón decía que en política hay que tragarse un sapo todos los días? En enero del ’73 Perón declaró al diario Mayoría que “esto lo arregla la juventud o no lo arregla nadie”. El 21 de junio de ese mismo año dijo “los viejos peronistas debemos volver a la conducción de nuestro movimiento”. Y también “la juventud está cuestionada”. Durante los años de enfrentamiento al régimen militar lanzó tres consignas que estaban dirigidas a los jóvenes militantes: socialismo nacional, actualización doctrinaria, trasvasamiento generacional. El 21 de junio (al día siguiente de la matanza de Ezeiza) dijo “no hay nuevas banderías que califiquen a nuestro movimiento, somos lo que las veinte verdades peronistas dicen”. Desconcertados, los jóvenes empezaron a revolver papeles viejos tratando de averiguar qué diablos eran “las veinte verdades peronistas”. Una de ellas decía: “el peronismo es un movimiento humanista y cristiano”. Caramba, ¿y el socialismo nacional y la actualización doctrinaria? Al olvido con ellos. Ahora eran malas palabras. Se vivía, decía el conductor, la “etapa dogmática del movimiento”. Si antes había dicho “al amigo todo, al enemigo ni justicia” ahora decía “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”. Y también: “todo en su medida y armoniosamente”. Eran los tiempos de la “reconstrucción nacional” y de la “primacía del tiempo sobre la sangre”. En el acto de Atlanta del mes siguiente los jóvenes militantes lanzaron un cántico socarrón y tristemente irónico: “No somos troscos, no somos comunistas, somos cristianos, cristianos y humanistas”. En el mismo acto de Atlanta, un sector de la tribuna empezó a vocear: “Rucci traidor, a vos te va a pasar, lo que le pasó a Vandor”. Y le pasó. Le pasó apenas después de que Perón ganara las elecciones con el 62 por ciento de los votos. Fue una locura. Un claro asesinato clandestino porque se hizo en democracia. En democracia no puede ni debe haber violencia. Esto se decía durante esos días. Pero cuando la tribuna belicosa pidió la muerte de Rucci estaba hablando Mario Firmenich (nefasto conductor de Montoneros que había heredado la conducción de Fernando Abal Medina y del más capaz de todos: el Negro Sabino Navarro, ultimado en Córdoba) y Firmenich respondió con una frase fatal: “En eso estamos”. La tribuna belicosa estalló en vítores y aplausos. Otros jóvenes no. La JP de superficie ya no quería la violencia, un mal inevitable durante los dieciocho años de proscripción del peronismo. (Desarrollamos esta ardua temática en el tomo II de “Peronismo, filosofía política de una persistencia argentina”, de cuyas más de ochocientas páginas quinientas están dedicadas al año ’73). (más…)

Cacerolas y aviones

Por José Pablo Feinmann

La revolución porteña de 1810 pierde gran peso histórico y conceptual si se insiste en demostrar que el Plan de Operaciones que redactó Moreno no le pertenece. Nada de eso. El Plan está dominado y hasta poseído por el espíritu jacobino, extremo de su autor. Se sabe que la versión de la historia que ha sido hegemónica en este país prefiere recordar a Moreno como un abogado librecambista, el autor de ese panfleto unitario que es la llamada Representación de los hacendados, o como el fundador de la Gazeta de Buenos Aires y padre del periodismo argentino, cuyo sector agresivo y dominante no le hace hoy justa memoria, aunque están tramados por un idéntico desdén antipopular, soberbio y clasista. En fin, no vamos a polemizar otra vez sobre el brillante Moreno, pero en la parte económica del Plan propone una serie de medidas que sorprenderá a algunos neoliberales presentes y lamentablemente vigentes. Moreno propone hacer girar 500 millones de pesos en el centro del Estado para dinamizar la obra de la revolución. Propone también el modo de obtenerlos: “confiscando las fortunas parasitarias”. Esto tiene mucha actualidad. El tema de la correlación de fuerzas es central en los días que corren. Alberto F. quiere expropiar a los ultramillonarios y vividores del Estado de la empresa blanqueadora y enemiga del fisco que lleva por nombre Vicentin. Alberto F. es un campeón en eso de evaluar las fuerzas propias y las ajenas. Acaso debería evaluar menos y arriesgar más, ya que en eso consiste la iniciativa política, algo fundamental en ese difícil arte, el de la política. Pero esto se dice fácilmente desde el llano, no desde las asperezas del Estado. (más…)

Dios y la pandemia

Por José Pablo Feinmann

En la foto se ve a una mujer de rodillas que apoya sus manos entrelazadas contra una alta y fuerte puerta de madera cuidadosamente tallada. Tiene la cabeza baja, los ojos cerrados y algo está diciendo. ¿Qué es lo que dice? No lo sabemos, pero se ve claramente que está rezando. La puerta es la de una catedral y está cerrada. Como están cerradas también las iglesias. Es por la pandemia. La gente no puede aglomerarse en las casas de Dios porque puede contagiarse el virus que cruelmente azota el planeta. (más…)

¿Quién ganó la segunda guerra mundial?

Por José Pablo Feinmann

Se cumplen setenta y cinco años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Se dice que la actual gravísima pandemia es la peor desde ese acontecimiento. Es posible. Hay que preguntarse por qué ocurrió esa anterior pandemia. La llamada Segunda Guerra fue resultado –en muchos aspectos- de la primera. La ambición torpe de las potencias ganadoras fue hasta el extremo de humillar a Alemania con un tratado de paz que era, sin más, una injuria. ¿Qué sectores de Inglaterra, Francia y Estados Unidos cometieron tal torpeza? Los de siempre: los banqueros y los militares. Alemania quedó en la ruina y no tuvo manera de levantarse. Para colmo, los revolucionarios espartaquistas fueron derrotados y un militar –alemán, claro- liquidó de un tiro en la cabeza a Rosa Luxemburgo, que fue arrojada como un despojo apiojado a un riacho y ahí quedó, en el lecho de ese río, víctima de la brutalidad del ejército derrotado en los campos de batalla de las trincheras y los gases letales. Porque la Primera Guerra fue terrible. Una matanza ciega, donde algunos no sabían contra quien o a favor de quien luchaban. Se dijo que sería la “guerra que habría de terminar con todas las guerras”. Falso. Cuando los aliados le impusieron a Alemania el Tratado de Versalles pusieron los cimientos de la siguiente guerra, que superó en horrores a la primera. (más…)

Reflexiones pandémicas

Por José Pablo Feinmann

Durante los desangelados días de la crisis de 2001 se puso de moda un chiste sobre argentinos. Decía: “Los niños argentinos ya no juegan a las escondidas porque nadie los va a buscar”. Retengamos algo: “escondidas” e “ir a buscar”. Además, claro, hay que señalar la marca autodenigratoria del chiste. Era un chiste argentino. Hecho por argentinos que no tenían una alta valoración de sí mismos. No era para menos: el país estaba derruido y pocos veían la salida. El país no tenía arreglo. En una escena del film StarshipTroopers los atacantes del planeta hacían volar estruendosamente la ciudad de Buenos Aires. En los cines la gente aplaudía. Nos merecíamos eso. Hoy no hay una devaluación del orgullo nacional. El presidente puede decir que está orgulloso de los argentinos y los argentinos aprueban, en su gran mayoría, las medidas que él y su equipo de gobierno y salud han tomado contra el nuevo atacante del planeta. Que es uno solo. Que es invisible y es mortal. Todos, alguna vez, dejamos de ser jóvenes, de sentirnos inmortales, de ver la muerte como algo que le pasa a los otros, como un espectáculo externo y ajeno, y sabemos que vamos a morir, que nosotros, cada uno de nosotros va a morir y que nadie puede morir por uno ni uno por los otros. La muerte le es constitutiva a la condición humana. (más…)

Coronavirus y capitalismo

Por José Pablo Feinmann

En su mensaje del viernes 10 de este mes de abril se lo vio algo cansado al dinámico y eficaz Alberto Fernández. Su tarea es inmensa. Nadie quisiera estar en sus zapatos. Y es bueno que nadie esté, sólo él. Se ha vuelto irremplazable. Desde que se asumió como comandante de la lucha contra la pandemia en nuestro país no ha cesado de crecer. Política y humanamente. Este crecimiento se refleja en las encuestas. Es decir, la sociedad advierte y agradece que su presidente haya encontrado el papel de su vida. Como Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. Como Gary Cooper en “A la hora señalada”. Como Joaquin Phoenix en “Joker”. O, para ir a lo nuestro (o a lo de por aquí nomás, ya que los otros casos citados también son nuestros porque nos marcaron), como Osvaldo Terranova en “He visto a Dios”. O como Alfredo Alcón en “Un guapo del 900”. Alberto Fernández, ahí, sentado o parado frente a las cámaras, con el agotamiento de estos días vertiginosos, diciendo “no sé ni en qué día vivo”, preguntándoles datos a los funcionarios que lo rodean, es el mejor presidente que podríamos tener en estos pestíferos momentos. Es firme, es cálido, habla sin gritar, sin elevar la voz más de lo necesario, con gestos breves, tersos y no ásperos, como si estuviera dando clase en la Facultad de Derecho, como si le hablara a gente que le importa, que quiere, cuya salud le preocupa. a sus compatriotas, en suma, que lo han elegido presidente para lo que está haciendo, para que presida el país en estos momentos de peligro y de muerte. Se ha encarnado en la figura del presidente que cuida, aconseja y castiga a los irresponsables, que son muchos. (más…)

Populismo y coronavirus

Por José Pablo Feinmann

No hay por qué dejar de hablar de Macri y su gobierno. Son (los dos) los gigantescos responsables de las más grandes desdichas que seguimos padeciendo y tanto cuesta remediar. La particularidad de Macri es que sigue hablando y, por consiguiente, diciendo dislates. Ahora fue en Guatemala (le gusta viajar al hombre) donde unió las palabras “populismo” y “coronavirus”. “Unió” es sólo una manera de decir. Macri no sabe unir nada, escasamente a su propia tropa. Pero sabe establecer antagonismos irreductibles. Dijo que el populismo es peor que el coronavirus. Es aberrante, ante todo, unir a una pandemia universal con un concepto político. Después dijo (buscando aclarar la cuestión) que el populismo contraía deudas y atacaba “la cultura del trabajo”. Algo que pareciera ser una ajustada descripción de su propio e infausto gobierno. Lo sabemos: contrajo una deuda demencial y destruyó el trabajo al destruir sus fuentes. Pero no mencionó al Estado. Él, Mauricio, que ha sido un aplicado y hasta obstinado neoliberal es un enemigo del Estado. Tal como lo fueron Videla y Martínez de Hoz que proclamaron la consigna “Achicar el Estado es agrandar la nación”. El Estado tiene la costumbre de intervenir en el mercado, algo que para los neoliberales es cuasi demoníaco. El mercado debe ser “libre”. Pero sucede que, librado a su propia dinámica, el mercado nunca es libre sino concentracionista, antidemocrático. Los grandes tiburones se comen a los pequeños peces y toda la actividad del venerado mercado se concentra en dos o tres manos, a lo sumo. (La concentración del mercado se observa en las góndolas de los supermercados, que sólo exhiben uno o dos productos que han hundido o se han devorado a los otros.) Milton Friedman, que fue el pope de la Escuela de Chicago, que asesoró a Reagan, Thatcher y Pinochet, solía decir que era preferible una dictadura sangrienta antes que la intervención estatal en el mercado. Odiaba al populismo. Macri, que sigue su linaje, también y sobre todo por eso: el populismo es inseparable de una concepción del Estado fuerte, que interviene en el mercado para equilibrarlo, para defender a los pequeños peces de los tiburones. No hay “mano invisible” en el mercado, nada que lo regule en el sentido de la justicia económica, en la democratización del mercado, algo que sólo lo consigue el Estado interventor, populista. ¿Qué es, entonces, el populismo? Una concepción del Estado fuerte, destinado a agrandar la nación, no a achicarla. Consagrado a equilibrar el mercado en beneficio de los pequeños y medianos productores. Consagrado, también, a distribuir con justicia la riqueza, empezando por los de abajo, por el pueblo. De aquí que se llame “populismo”. Nació con la comuna rural rusa a fines del siglo XIX y el mismo Marx lo consideró una forma de socialismo. (más…)

Cambiar moneda / Change currency