Feinmann, José Pablo. 2005. Escritos imprudentes II (págs. 239 – 242)

Buenos Aires: Grupo Editorial Norma.

Si en los años sesenta Oscar Masotta, para los comics, acuñó el
concepto de «literatura dibujada» creo adecuado proponer para los
que Quino ha dibujado durante ya cinco décadas (pero sobre todo
durante las dos últimas, tramadas por una reflexividad áspera, no
concesiva) el de «filosofía dibujada». Son, en general, dibujos muy
elaborados, con muchas rayitas, con detallismos obsesivos, que expresan
eso que los alemanes (muy sonoramente) llaman Weltanschauung,
algo así como «visión» o «concepción» del mundo. En Quino «visión»
y «concepción» marchan paralelos, ya que, como dibujante que
es, mira el mundo para expresarlo. Al «mirarlo» (al apresarlo más en
imágenes que en conceptos) lo expresa en dibujos, con imágenes llenas
de imaginación, que sugieren, que susurran, que gritan, hieren o
atemperan dolores acaso irresolubles. No parecería que el mundo de
Quino fuera «resoluble». De aquí que su humor sea «contrautópico».
Una «utopía» es, siempre, un estado ubicado más allá, adelante, en
la temporalidad propia del futuro, en que las cosas habrán de ser
diferentes. Quino expresa el mundo tal como es. Y el mundo «es» tal
como Quino lo «ve». Se trata, entonces, de la proyección de una conciencia
libre, autónoma, crítica, que ofrece el testimonio de una visión
sin ataduras, sin velos. Por decirlo así: descarnada.
Sería injurioso para este artista preguntarse si su visión es «optimista»
o «pesimista», se trata de categorías pueriles, sin densidad. El
mundo que ve Quino es el mundo «de» Quino: sólo él puede verlo
así, dado que sus trazos dibujan la realidad no real (construida) que
surge del encuentro entre su conciencia y la realidad de la que esa
conciencia forma parte, comprendiéndola. El resultado es la obra de arte,
que jamás «refleja» la realidad (prepotencia del viejo stalinismo),
que jamás la reduce a un sistema de signos preexistente (prepotencia
de la lingüística) ni a un sistema de producción y relaciones de
producción preestablecido (prepotencia historicista). Aquí se trata de
un individuo. La conciencia del artista (pese a estar inmersa en la
trama de su tiempo) es siempre el encuentro entre esa conciencia y
un mundo sobre el que está arrojada (sobre el que intenciona en su
Estado de-yecto) y al que expresará en la modalidad propia,
intransferible de su arte. Quino se nos ha vuelto denso, su espesor
ha aumentado con los años. Su obra es una crítica despiadada de la
modernidad técnica del capitalismo. La mercancía, entendida como
mercantilización de las relaciones entre los hombres, ocupa un lugar
central en su pensar en la modalidad del dibujo. (Porque es así:
Quino piensa en el modo del dibujo. No expone conceptos,
expone dibujos, situaciones. El mismo título del libro en que me baso
para analizar su obra —Esto no es todo— nos advierte de la insuficiencia
de su tarea. Acaso se trata de bosquejos, de apuntes. Acaso se trate del
inicio de una obra totalizadora que aún no ha totalizado. Acaso se trate
de la simple y feroz confesión de no poder totalizar jamás. «Esto no es
todo» porque el «todo» es inabarcable. Porque es tan compleja, tan infinita
la condición humana que nunca habrá de cerrar. Cuando creamos que
hemos llegado al «todo», esta totalidad se abrirá, se destotalizará, para
dar lugar al surgimiento de categorías, conceptos, ideas, sorpresas
nuevas, imprevisibles. Hay, sí, decididamente, constantes en la condición
humana que dibuja Quino. Hay hombres pequeños, de pequeñas vidas,
sometidos siempre a grandes poderes: los del Padre, los de la Madre,
los de las Máquinas, los de las Mercancías, los del Dinero, los de la
Competencia, los de la Soledad. Y, por fin, pequeños hombres sometidos
al poder de todos los poderes: el Poder de la Muerte, ante el cual el
Quinhombrecito está siempre abandonado, temeroso. Un hombrecito,
en un supermercado, mira los precios en las góndolas. Pasa por ahí
un remarcador de precios. ¡Clack! ¡Clack! ¡Clack! Sin darse cuenta,
pone un papelito con esas rayitas en la espalda del hombrecito, que
no lo advierte. Aparece una señora, lleva un enorme carrito con
muchas mercancías. Agarra al hombrecito y lo mete en el carrito.
Final: en la Caja, el hombrecito, desesperado,
grita y patalea, pero la Cajera lo agarra del cogote, como a un pollo,
le busca el precio y marca en la Caja. La señora se lo lleva. Esto, sin
más, dice tanto como el capítulo del fetichismo de la mercancía en
Marx, o como la reificación del hombre en Lukács o como el reinado
de lo óntico en Heidegger. Ahora vemos una larga, larguísima fila de
hombrecitos anónimos e inexpresivos que caminan en una misma
dirección. De pronto uno (que gana un rostro no bien dice su frase)
exclama: «¿Y por qué cuernos vamos todos sin siquiera saber a dónde
como si fuéramos ovejas?» Aparece una enorme grúa, lo atrapa
prolijamente y lo hace desaparecer. Esto es Orwell, es 1984. Es una
crítica impecable a la masificación de las sociedades del colectivismo
autoritario. Y, por fin, el suicidio. Vemos a un tipo que cuelga del techo,
sostenido por la gruesa soga del final. A sus pies, la silla sobre
la que se ha parado; en ella, las dos manchas de sus zapatos. Y su
mujer, ahí, señalando esas manchas, recriminándole su desprolijidad,
furiosa, ensuciar así una casa tan limpia, caramba. Otro tipo (pequeño,
muy pequeño, silencioso e irredimible para la vida) coloca una silla
en el medio de la habitación, ya una cuerda cuelga del techo. En un
sillón, algo alejada, está su esposa, indiferente. A él, pero concentrada
en las carpetas que cose y cose y no cesa de coser. Toda la casa está
llena de carpetitas. De todo tipo. Los bordados rococó adquieren
un barroquismo arácnido que lo inunda todo. El hombrecito, sobre
la silla en que habrá de treparse para poner la soga alrededor de su
cuello, ha puesto, obediente hasta el final, una pequeña carpeta,
primorosamente bordada, primorosamente macabra.
El humor de Quino es contrautópico. «Este» mundo no le permite
alentar ninguna esperanza. Él no puede regalar vidrios de colores.
Que lo hagan otros. Él exhibe la imposibilidad del hombre en
el mundo mercantilizado, mecanizado, caótico, enfermo, egoísta,
competitivo y helado del capitalismo. Sus apuntes también alcanzan
a la masificación y al autoritarismo de los regímenes colectivistas. O
sea, no da soluciones. No tiene por qué darlas. Me sonrío tristemente
cuando leo que alguien habla de sus temáticas depresivas. ¿y si
no fuera así? ¿Y si la contrautopía fuera el rechazo de la esperanza
fácil, la obstinación ética de exhibir la ignominia para hacerla más
ignominiosa? A nadie le anda diciendo Quino: «Hermano, algo
hermoso espera necesariamente en el futuro». Es demasiado profundo para eso.
Conoce la condición humana. Sabe que el hombre es el lobo del hombre.
Que la pulsión de muerte derrota una y otra vez a Eros.
Que el mundo se desliza hacia la barbarie y, lo que aún es peor,
hacia la indiferencia por la barbarie. Vemos fotos de los soldados norteamericanos
torturando iraquíes y son meramente las «noticias del día».
Sólo alcanzará doblar la página para olvidar. Con Quino no es posible olvidar.
Porque lo que nos muestra no es una «foto». (Ya aprendimos a desconfiar
de las fotos de los diarios, de los armados artificiales de Internet que crean
la emoción y la diluyen al instante con una imagen nueva, con la pornografía
mercantilizada o con la compulsiva «información» que no cesa de informar
porque busca, sencillamente, que no exista una verdad, que no podamos
construirla sometidos al vértigo de los hechos, de las «novedades», ya que
todo es nuevo y lo nuevo, no bien surge, ya no es nuevo porque ha surgido,
en su reemplazo, otra novedad.) Lo que Quino nos muestra no es un instante,
una polaroid, una novedad nueva que nace para desaparecer.
Nos muestra una reflexión. Vemos un concepto. Una idea. En suma, una «verdad».
Una filosofía dibujada. Un desafío a la reflexión. Una incitación a la furia.
A la conciencia crítica. Si el mundo es así, como Quino dice que es,
hay que hacer algo. Y aquí reside la gloria de un gran artista: mostrarnos el horror de lo cotidiano,
lo intolerable de lo aceptado, la pesadilla que habita el sueño,
la imposibilidad —en este mundo ya decidido— de todo lo que podamos amar.
Quino no dibuja utopías. No cree —conjeturo— que «algo mejor»
espere necesariamente err el futuro. Sin embargo, el despiadado presente
que nos dibuja sólo puede llevarnos al deseo de cambiarlo.
Todo cambio implica imaginar un futuro distinto.
A eso nos empuja Quino: al futuro, al arrojo, a nuestros más verdaderos posibles.
Así, y no paradójicamente, su negrura, su despiadado escepticismo se transforma en praxis.

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