Horas difíciles

Por José Pablo Feinmann

En algunos programas de claro corte kirchnerista se han criticado –con dolor o con bronca o desesperanza- algunas frases o hechos del presidente Fernández. Descartamos por livianas, tontas o intrascendentes las frases de algún inevitablemente envejecido y devaluado ensayista que tuvo su mejor momento allá por la década del ’60, nos referimos al reaparecido Sebreli exclamando alarmado que “la democracia está en peligro porque gobierna Cristina Kirchner”. Esta pavada había dejado de decirse desde que se vio la capacidad de Alberto F. para hacer la campaña electoral y luego encarar la lucha contra la pandemia. Pero el odio hacia Cristina (el odio en general) sigue intacto y siempre conviene agitar el cuco de la Cristina autoritaria y estatista. No, lo que habría que revisar es el desencanto que se adueña de algunos periodistas que esperan el cumplimiento de ciertas cuestiones que prometió Alberto F. durante la campaña y sobre todo en su discurso de asunción. ¿Qué les pasa? ¿Olvidaron que Alberto es peronista? ¿Olvidaron que Perón decía que en política hay que tragarse un sapo todos los días? En enero del ’73 Perón declaró al diario Mayoría que “esto lo arregla la juventud o no lo arregla nadie”. El 21 de junio de ese mismo año dijo “los viejos peronistas debemos volver a la conducción de nuestro movimiento”. Y también “la juventud está cuestionada”. Durante los años de enfrentamiento al régimen militar lanzó tres consignas que estaban dirigidas a los jóvenes militantes: socialismo nacional, actualización doctrinaria, trasvasamiento generacional. El 21 de junio (al día siguiente de la matanza de Ezeiza) dijo “no hay nuevas banderías que califiquen a nuestro movimiento, somos lo que las veinte verdades peronistas dicen”. Desconcertados, los jóvenes empezaron a revolver papeles viejos tratando de averiguar qué diablos eran “las veinte verdades peronistas”. Una de ellas decía: “el peronismo es un movimiento humanista y cristiano”. Caramba, ¿y el socialismo nacional y la actualización doctrinaria? Al olvido con ellos. Ahora eran malas palabras. Se vivía, decía el conductor, la “etapa dogmática del movimiento”. Si antes había dicho “al amigo todo, al enemigo ni justicia” ahora decía “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”. Y también: “todo en su medida y armoniosamente”. Eran los tiempos de la “reconstrucción nacional” y de la “primacía del tiempo sobre la sangre”. En el acto de Atlanta del mes siguiente los jóvenes militantes lanzaron un cántico socarrón y tristemente irónico: “No somos troscos, no somos comunistas, somos cristianos, cristianos y humanistas”. En el mismo acto de Atlanta, un sector de la tribuna empezó a vocear: “Rucci traidor, a vos te va a pasar, lo que le pasó a Vandor”. Y le pasó. Le pasó apenas después de que Perón ganara las elecciones con el 62 por ciento de los votos. Fue una locura. Un claro asesinato clandestino porque se hizo en democracia. En democracia no puede ni debe haber violencia. Esto se decía durante esos días. Pero cuando la tribuna belicosa pidió la muerte de Rucci estaba hablando Mario Firmenich (nefasto conductor de Montoneros que había heredado la conducción de Fernando Abal Medina y del más capaz de todos: el Negro Sabino Navarro, ultimado en Córdoba) y Firmenich respondió con una frase fatal: “En eso estamos”. La tribuna belicosa estalló en vítores y aplausos. Otros jóvenes no. La JP de superficie ya no quería la violencia, un mal inevitable durante los dieciocho años de proscripción del peronismo. (Desarrollamos esta ardua temática en el tomo II de “Peronismo, filosofía política de una persistencia argentina”, de cuyas más de ochocientas páginas quinientas están dedicadas al año ’73). (más…)

Cacerolas y aviones

Por José Pablo Feinmann

La revolución porteña de 1810 pierde gran peso histórico y conceptual si se insiste en demostrar que el Plan de Operaciones que redactó Moreno no le pertenece. Nada de eso. El Plan está dominado y hasta poseído por el espíritu jacobino, extremo de su autor. Se sabe que la versión de la historia que ha sido hegemónica en este país prefiere recordar a Moreno como un abogado librecambista, el autor de ese panfleto unitario que es la llamada Representación de los hacendados, o como el fundador de la Gazeta de Buenos Aires y padre del periodismo argentino, cuyo sector agresivo y dominante no le hace hoy justa memoria, aunque están tramados por un idéntico desdén antipopular, soberbio y clasista. En fin, no vamos a polemizar otra vez sobre el brillante Moreno, pero en la parte económica del Plan propone una serie de medidas que sorprenderá a algunos neoliberales presentes y lamentablemente vigentes. Moreno propone hacer girar 500 millones de pesos en el centro del Estado para dinamizar la obra de la revolución. Propone también el modo de obtenerlos: “confiscando las fortunas parasitarias”. Esto tiene mucha actualidad. El tema de la correlación de fuerzas es central en los días que corren. Alberto F. quiere expropiar a los ultramillonarios y vividores del Estado de la empresa blanqueadora y enemiga del fisco que lleva por nombre Vicentin. Alberto F. es un campeón en eso de evaluar las fuerzas propias y las ajenas. Acaso debería evaluar menos y arriesgar más, ya que en eso consiste la iniciativa política, algo fundamental en ese difícil arte, el de la política. Pero esto se dice fácilmente desde el llano, no desde las asperezas del Estado. (más…)

Reflexiones pandémicas

Por José Pablo Feinmann

Durante los desangelados días de la crisis de 2001 se puso de moda un chiste sobre argentinos. Decía: “Los niños argentinos ya no juegan a las escondidas porque nadie los va a buscar”. Retengamos algo: “escondidas” e “ir a buscar”. Además, claro, hay que señalar la marca autodenigratoria del chiste. Era un chiste argentino. Hecho por argentinos que no tenían una alta valoración de sí mismos. No era para menos: el país estaba derruido y pocos veían la salida. El país no tenía arreglo. En una escena del film StarshipTroopers los atacantes del planeta hacían volar estruendosamente la ciudad de Buenos Aires. En los cines la gente aplaudía. Nos merecíamos eso. Hoy no hay una devaluación del orgullo nacional. El presidente puede decir que está orgulloso de los argentinos y los argentinos aprueban, en su gran mayoría, las medidas que él y su equipo de gobierno y salud han tomado contra el nuevo atacante del planeta. Que es uno solo. Que es invisible y es mortal. Todos, alguna vez, dejamos de ser jóvenes, de sentirnos inmortales, de ver la muerte como algo que le pasa a los otros, como un espectáculo externo y ajeno, y sabemos que vamos a morir, que nosotros, cada uno de nosotros va a morir y que nadie puede morir por uno ni uno por los otros. La muerte le es constitutiva a la condición humana. (más…)

Coronavirus y capitalismo

Por José Pablo Feinmann

En su mensaje del viernes 10 de este mes de abril se lo vio algo cansado al dinámico y eficaz Alberto Fernández. Su tarea es inmensa. Nadie quisiera estar en sus zapatos. Y es bueno que nadie esté, sólo él. Se ha vuelto irremplazable. Desde que se asumió como comandante de la lucha contra la pandemia en nuestro país no ha cesado de crecer. Política y humanamente. Este crecimiento se refleja en las encuestas. Es decir, la sociedad advierte y agradece que su presidente haya encontrado el papel de su vida. Como Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. Como Gary Cooper en “A la hora señalada”. Como Joaquin Phoenix en “Joker”. O, para ir a lo nuestro (o a lo de por aquí nomás, ya que los otros casos citados también son nuestros porque nos marcaron), como Osvaldo Terranova en “He visto a Dios”. O como Alfredo Alcón en “Un guapo del 900”. Alberto Fernández, ahí, sentado o parado frente a las cámaras, con el agotamiento de estos días vertiginosos, diciendo “no sé ni en qué día vivo”, preguntándoles datos a los funcionarios que lo rodean, es el mejor presidente que podríamos tener en estos pestíferos momentos. Es firme, es cálido, habla sin gritar, sin elevar la voz más de lo necesario, con gestos breves, tersos y no ásperos, como si estuviera dando clase en la Facultad de Derecho, como si le hablara a gente que le importa, que quiere, cuya salud le preocupa. a sus compatriotas, en suma, que lo han elegido presidente para lo que está haciendo, para que presida el país en estos momentos de peligro y de muerte. Se ha encarnado en la figura del presidente que cuida, aconseja y castiga a los irresponsables, que son muchos. (más…)

Populismo y coronavirus

Por José Pablo Feinmann

No hay por qué dejar de hablar de Macri y su gobierno. Son (los dos) los gigantescos responsables de las más grandes desdichas que seguimos padeciendo y tanto cuesta remediar. La particularidad de Macri es que sigue hablando y, por consiguiente, diciendo dislates. Ahora fue en Guatemala (le gusta viajar al hombre) donde unió las palabras “populismo” y “coronavirus”. “Unió” es sólo una manera de decir. Macri no sabe unir nada, escasamente a su propia tropa. Pero sabe establecer antagonismos irreductibles. Dijo que el populismo es peor que el coronavirus. Es aberrante, ante todo, unir a una pandemia universal con un concepto político. Después dijo (buscando aclarar la cuestión) que el populismo contraía deudas y atacaba “la cultura del trabajo”. Algo que pareciera ser una ajustada descripción de su propio e infausto gobierno. Lo sabemos: contrajo una deuda demencial y destruyó el trabajo al destruir sus fuentes. Pero no mencionó al Estado. Él, Mauricio, que ha sido un aplicado y hasta obstinado neoliberal es un enemigo del Estado. Tal como lo fueron Videla y Martínez de Hoz que proclamaron la consigna “Achicar el Estado es agrandar la nación”. El Estado tiene la costumbre de intervenir en el mercado, algo que para los neoliberales es cuasi demoníaco. El mercado debe ser “libre”. Pero sucede que, librado a su propia dinámica, el mercado nunca es libre sino concentracionista, antidemocrático. Los grandes tiburones se comen a los pequeños peces y toda la actividad del venerado mercado se concentra en dos o tres manos, a lo sumo. (La concentración del mercado se observa en las góndolas de los supermercados, que sólo exhiben uno o dos productos que han hundido o se han devorado a los otros.) Milton Friedman, que fue el pope de la Escuela de Chicago, que asesoró a Reagan, Thatcher y Pinochet, solía decir que era preferible una dictadura sangrienta antes que la intervención estatal en el mercado. Odiaba al populismo. Macri, que sigue su linaje, también y sobre todo por eso: el populismo es inseparable de una concepción del Estado fuerte, que interviene en el mercado para equilibrarlo, para defender a los pequeños peces de los tiburones. No hay “mano invisible” en el mercado, nada que lo regule en el sentido de la justicia económica, en la democratización del mercado, algo que sólo lo consigue el Estado interventor, populista. ¿Qué es, entonces, el populismo? Una concepción del Estado fuerte, destinado a agrandar la nación, no a achicarla. Consagrado a equilibrar el mercado en beneficio de los pequeños y medianos productores. Consagrado, también, a distribuir con justicia la riqueza, empezando por los de abajo, por el pueblo. De aquí que se llame “populismo”. Nació con la comuna rural rusa a fines del siglo XIX y el mismo Marx lo consideró una forma de socialismo. (más…)

Dios es ateo

Por José Pablo Feinmann

EL CUENTO POR SU AUTOR

 Este es (creo) un cuento extraño. Mezcla temas teológicos, metafísicos, influencias de tantas películas que vi sobre el Diablo, historias de la Biblia y algo de todas las críticas que Heidegger le ha hecho a la Ciencia. Si Ud. le reza a Dios todas las noches, no deje de hacerlo. Que este cuento no se lo impida. Ojalá yo pudiera rezarle a Dios todas las noches. Siempre me atrajo lo sagrado. Eso que Rudolf Otto llama “lo numismático”. Era muy joven cuando –allá por los años sesenta- cursé Fenomenología e historia de las religiones. No sirvió para superar un agnosticismo que habría de sostener a lo largo de la vida. Pero algo ayudó para escribir este cuento.

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Chile y el cambio climático

Por José Pablo Feinmann

Lo de Chile puede terminar de varias maneras. Una de ellas (la peor) sería que los militares se hicieran cargo de toda la situación e instauraran el orden de los cementerios. Aunque algunos se expresan a favor de los rebeldes, la mayoría sigue creyendo que los balazos, los gases y hasta las torturas son los mejores métodos de orden social. No pueden ni quieren tolerar el cambio climático que ha estallado en Chile. Porque, aunque aún no se derritieron los polos, hay tsunamis terribles en nuestro vecino país. Como nadie ignora, el pueblo salió abrumadoramente a las calles. La del viernes 25 fue una de las más grandes movilizaciones jamás vistas. Se acabó el paraíso neoliberal, la Suiza de América. Se volvió a exhibir una verdad que ya no debería ser discutida. Cuando en un país anda bien la macroeconomía y sólo ella, no hay equidad, ni distribución democrática de la riqueza. La riqueza de un país (y hasta su felicidad) se mide por la eficiencia de su microeconomía, de su mercado interno. Porque el mercado interno es el pueblo y la macroeconomía es el bienestar de unos pocos, que se creen los dueños del país, los propietarios privados de la patria y del aparato represivo que necesitan para mantener sus privilegios. La señora del presidente Piñera lanzó su queja más verdadera: vamos a tener que dejar nuestros privilegios, dijo. Y agregó que los manifestantes eran alienígenas. Claro que sí, están llenas de octavos pasajeros las calles de Chile. (más…)

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